OK, una advertencia, hasta donde sé, esto ocurrió. No espero convencerte y no me es fácil admitirlo. Sé que es un cliché, pero soy ateo y si no fuera por esto, todo para mí tendría una explicación lógica; no me ha quedado mayor recurso que concluir que en la vida existen cosas que la razón no explica, al menos no en su forma habitual; que la lógica no es nada más que una vela que se extingue fácilmente y que en la oscuridad, mucho de lo que descartaríamos a la luz del día se convierte en una sombra que no es posible conjurar.

   Pero no nos pongamos muy melodramáticos aún, no al menos antes de comenzar con la historia.

   Era muy pequeño, tenía máximo cinco años y ninguno de mis hermanos había nacido aún; así que sólo éramos papá, mamá y yo en nuestro departamentito. Nuestra familia era joven, no había mucho dinero y todos los muebles en la casa eran de segunda mano. Era un medio día de verano, caliente, aburrido. Estaba jugando a las canicas sobre el tapete que quedaba delante de este enorme y viejo sofá tapizado con un dibujo de flores. Papá estaba en el trabajo, mamá en el comedor.

   ¿Y por qué intentaba hacer rodar mis canicas sobre un tapete? No lo sé, después de todo, teníamos un suelo de linóleo donde habrían rodado mucho mejor. Ahí estaba, con la panza sobre el suelo, disparando mis canicas hacia allá y hacia acá y entonces fue que tiré una canica con demasiado entusiasmo y mi favorita, la roja, la transparente, rodó de más y desapareció bajo el sillón. Papá era el único que podía arrastrar ese sillón. Así que intenté recuperar mi canica yo solo. Gateé hasta la orilla y ahí, tras una inspección sobre el hueco negro, deslicé una mano dentro, primero superficialmente, luego hasta el fondo.  No la encontré. Me incorporé delante del sillón, decepcionado.

   Entonces una mano salió de debajo del sillón.

   La recuerdo nítidamente y creo que siempre lo haré. Dedos delgados y uñas largas, piel nudosa, arrugada, negra. Era la mano de una mujer y en aquél entonces, yo era muy joven para entender qué denotaba ese tono particular de negro. Salió hasta la altura de la muñeca y extendió sus dedos como si tratara de alcanzarme y no pudiera salir más, entonces regresó debajo del sillón. Volvió arrastrando una bolsita de plástico que soltó sobre el suelo y empujó hacia mí. La bolsita tenía un logotipo que no reconocí. La mano se quedó inmóvil un instante, como esperando que tomara la bolsa.  Pasado un momento, tomó la bolsa, regresó bajo el sofá y no volvió a salir más.

   Me levanté, fui al comedor y le dije a mamá lo que había pasado. ¿Por qué no corrí gritando? ¿Por qué al menos no corrí? No tengo ni la menor idea. Todo lo que puedo decir es que, era muy pequeño entonces. Una mano saliendo del sillón no parecía gran cosa porque en ese tiempo no sabía lo que era permisible en la realidad y lo que no. No tenía forma de entender qué tan inusual era lo que había pasado.

   Mamá no me creyó, pero me acompañó de regreso a la sala y me explicó que quizás estaba imaginando cosas. Incluso se inclinó y metió su propia mano bajo el sillón para convencerme de que no había nada ahí. Cuando papá regresó y movió el sillón de lugar, sólo encontramos mi canica, acompañada de varias más que no recordaba haber perdido.

   Aquí viene la parte fea:

   He recordado esto por años. Incluso terminé imaginando criaturas con forma de mano que vivían bajo los sillones. Pensaba que si intentaba atravesar su reino de nuevo me atraparían para siempre.  Conforme crecí y maduré, terminé reescribiendo todo lo que ocurrió como un sueño que tuve cuando niño, finalmente tierno y un poco tonto. Hace un par de años, le recordé el asunto a mi madre. Me miró chistoso. Lo recordaba, principalmente, porque ella había estado ahí. Me habló de cómo había llegado al comedor, a contarle de la mano bajo el sofá. Me habló de lo mucho que la había logrado perturbar con eso, ya que en aquellos tiempos yo era un niño silencioso que no solía portarse mal, ni mentir. Luego, me habló del sofá: ella y papá lo habían comprado muy barato, como parte del lote de propiedades intestadas de una anciana. La anciana había muerto sobre el sofá. Papá y mamá se deshicieron de aquél mueble un mes después de lo que yo le había contado.

   Esto es lo que hasta hoy en día me sigue asustando, lo que a veces, por las noches, no logro sacarme de la cabeza: la bolsa de plástico que empujó hacia mí. Nunca olvidé el logotipo sobre la bolsa.  Durante varios años, he visto el mismo logotipo, una y otra vez, en el mismo tipo de bolsa, cada vez que voy a surtir mi propia despensa. Era una bolsa de navajas de afeitar.

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