Cientos de ensayos, fórmulas, rituales, aceites, inciensos y píldoras después, al fin lo había logrado: estaba despierto dentro de su propio sueño. En él, se encontraba sentado sobre la orilla de su cama, mirando un bulto grande que le miraba con ojos enormes desde una de las esquinas de su habitación.  Había tenido antes esta pesadilla. La criatura extendía sus afiladas zarpas hacia él, lo tocaba y entonces despertaba. Pero entonces, él no estaba consciente de que se encontraba soñando.

   Ahora lo estaba. Concentró su voluntad en el oscuro e inmóvil bulto, deseó hacerlo desaparecer. El bulto permaneció ahí, mirándolo, con su sonrisa larga y sus ojos brillantes; con sus zarpas inmóviles sobre el suelo de madera. En seguida, concentró su voluntad en convertirlo en un amistoso dragón. El bulto siguió mirándolo, inmóvil, sus ojos fijos en él en la penumbra, su sonrisa afilada.

   Jamás creyó llegar tan lejos, así que no tenía ningún plan. Esperaba que de lograr despertar en sus sueños, dominarlos, sería sencillo. Así que señaló a la criatura con un dedo y le ordenó con voz severa:  vete. «No lo entiendo» siseó el bulto, «cada noche despiertas,  me miras y te desmayas, ¿qué hay de diferente hoy?… ¿está todo bien?», preguntó. Para entonces, se había desmayado.

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