En los lejanos tiempos en los que se reconocía la vida con el sutil trazo que el aliento deja sobre un espejo, un viejo velador recorría los solitarios andadores del panteón a su cargo. Su paso era lento y descuidado, la mano que sostenía la linterna de aceite, firme. Había salido a dar la última ronda, antes de encerrarse en el cuarto de servicio, armar un camastro y quedarse dormido.

   La campanilla interrumpió sus pasos. Dirigió la luz hacia la fila de criptas de donde venía, al fondo. Caminó hacia allá. Pensó en una ráfaga traicionera de viento o en los eventuales muchachos que, acusándose de cobardes, venían aquí a probar hombría de vez en cuando. Pocas sorpresas había por aquí. Este era un oficio tranquilo.

   – Por favor… por favor… alguien, ayuda, por favor… auxilio -lloriqueaba la voz de una mujer no muy joven, desde la boca del conducto saliente en la punta de una cripta. Del conducto salía también un hilo delgado, atado al badajo de una campanilla que no dejaba de retozar. El viejo se arrodilló e iluminó las letras con su lámpara, después, adelantó el rostro delante del conducto y respondió:

   – ¿Hola?

   – ¡Dios misericordioso!, por favor ayúdeme, ¡han cometido un grave error!- El viejo retrocedió, y bajó la linterna para leer de nuevo la cripta.

   – Aquí dice que su nombre es Angélica Bañuelos, amada madre y esposa.

   – ¡Sí!, ¡Sí!, ¡Ese es mi nombre! ¡Ese es!, por favor ayúdeme, han cometido un grave error, sigo con vida estoy aquí abajo, ayúdeme por favor. -El viejo retrocedió e iluminó la cripta de nuevo.

   -Aquí dice que nació en Abril de 1858 y murió en… -el viejo retrocedió a confirmar la fecha de nuevo, su memoria no era la de antes, desde hace muchos años ya.

   -¡Octubre!, es Octubre, ¡no lo he olvidado!

   – …Octubre de 1882.

   -¡Sí!, así es, ¿puede verlo? Estoy viva, mi corazón está enfermo desde que soy una niña y eso ha provocado este error horrible, alguien me dio por muerta, por favor, ayúdeme, ¡se ha cometido un grave error!

   – Tranquilícese, le creo, Angélica -dijo el anciano mientras colocaba su linterna sobre la cripta, arrancaba el fino hilo del badajo y se inclinaba sobre el suelo, para tomar un puño de tierra. – alguien cometió un grave error, he sido yo; me parece que desde 1884.

   El viejo cubrió el boquete del ducto con el puño de tierra, tomó su linterna y se dio la media vuelta. Suspiró después de algunos pasos. Al fin se había atrevido a contarle la verdad.

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