Introducción

Aún tengo pesadillas. Llegan tan a menudo que ya debería estar acostumbrado. No lo estoy. Nadie se acostumbra a las pesadillas.

Traté con cada píldora a mi alcance. Cualquier cosa que mitigara el miedo. Un poco de Acetaminofén con Difenhidramina, Melatonina, L-Triptófano, Valium, Vicodin; una linda y larga lista de barbitúricos, frecuentemente empujada por unos tragos de whisky raspándome detrás del pecho, en ocasiones envuelta en la protectora bruma de una rayita de soda. Nada ayudó. Tengo la sospecha de que no existe el laboratorio capaz de sintetizar la mezcla de químicos que requiero. Un Nobel para el ñoño que invente ese bebé.

Estoy tan cansado. El sueño me persigue, quién sabe desde cuándo. Es inevitable, supongo. Tristemente, ya no le deseo. Digo “tristemente”, porque hubo un tiempo en el que en realidad disfrutaba dormir. De hecho dormía todo el tiempo. Eso fue antes de que mi amigo Lude me levantara a las tres de la mañana y me pidiera compañía. Quién sabe si, todo sería distinto ahora, con tan solo haber ignorado el teléfono. Pienso mucho en eso.

De hecho, Lude ya me había contado del viejo. Hace más o menos un mes, de aquella mañana profética. (No estoy seguro de eso, ¿profética, implicar al ”destino”? A huevo que no es, exactamente al destino, lo que estoy buscando. O quizá, quizá sí). Andaba metido, en aquél entonces, en los vericuetos de conseguir dónde vivir, después de un ligero malentendido con mi “casero” anterior, que un día se levantó convencido de que era Charles de Gaulle. Sus palabras me contrariaron tanto que antes de que pudiera pensarlo dos veces, ya le había externado que en mi humilde punto de vista, él no parecía un aeropuerto; aunque la idea de que un 757 aterrizara sobre él no me desagradaba. Por supuesto, me echó. Pude haberme defendido, pero de cualquier forma el lugar era una casa de locos y estuve encantado de irme. Chuckie de Gaulle quemó todo, hasta los cimientos, una semana después. Le dijo a la policía que un avión se había estrellado.

Durante las siguientes semanas, mientras vagaba de Santa Monica a Silverlake buscando algo barato, Lude me contó de un viejo que vivía en su edificio. Tenía un departamento en la planta baja, con vista a un amplio y desarreglado jardín. Supuestamente, el viejo le había dicho a Lude que moriría pronto. No me pareció muy importante, aunque tampoco era la clase de cosas que olvidas un momento después. En aquél momento me pareció que Lude trataba de sorprenderme. Le gusta exagerar. Poco después me establecí e inicié una irrelevante cotidianidad como aprendiz en un negocio de tatuajes.

Fue a finales del 96. Las noches eran frías. Había terminado con una vieja llamada Clara English, que me dijo que quería salir con alguien importante. Le demostré la profunda huella que dejó en mí enamorándome de una teibolera que tenía tatuado a Tambor el conejito, justo bajo el hilo dental, apenas a una pulgada de su rasurada panocha o cómo ella la llamaba: “el lugar más feliz de la Tierra.” Sobra decir que Lude y yo pasamos las últimas horas del año solos, en busca de nuevos bares, nuevas caras, manejando a lo pendejo a través del valle, haciendo nuestro mejor esfuerzo para derribar el oscuro cielo de la medianoche platicando puras mamadas. No lo logramos. No lo derribamos, quiero decir.

Entonces el viejo murió.

 

 

Por lo que puedo conjeturar ahora, él era americano. Después averigüé que los que trabajaron con él, detectaron un cierto acento en su voz, pero nadie estaba seguro de qué tipo de acento.

Él se presentaba como Zampanò. Fue el nombre que usó para rentar el departamento y el que usó en otros papeles que luego encontré. Ninguna identificación, ni un pasaporte, ni una licencia o cualquier documento oficial que dijera ‘sí, éste hombre es legalmente real’.

Quién sabe de dónde salió su nombre. Quizás es auténtico, quizás es inventado, quizás es prestado, un nom de plume o -mi posibilidad favorita- un nom de guerre.

Como Lude me dijo, Zampanò había vivido en el edificio por muchos años y aunque nunca le explicó a nadie los motivos, nunca falló en aparecer en la mañana y el atardecer, para internarse en su jardín; una pequeña jungla propia, con matojos de hierba hasta las rodillas y en aquellos tiempos, sobrepoblada con más de ochenta gatos callejeros. Aparentemente el viejo les gustaba y aunque nunca les daba comida, ellos iban a deslizarse entre sus piernas para luego volver disparados, de vuelta al centro, dónde las hierbas crecían más alto.

Lude había pasado la noche fuera, entretenido con una vieja o algo así. Apenas pasaban de las siete cuando miró el baldío y aunque estaba crudísimo, notó que faltaba algo. Lude solía llegar a casa en la mañana y siempre encontraba al viejo caminando por el perímetro, entre las hierbas, en ocasiones descansando sobre una barda despintada, antes de dar otra vuelta. Una madre soltera que se levantaba todos los días a las seis, también notó la ausencia de Zampanò. Total, ella se fue al trabajo y Lude a dormir, pero cuando llegó el atardecer y su viejo vecino no aparecía, tanto Lude como la madre soltera avisaron a Flaze, el encargado de la residencia.

Flaze es parte español y parte samoano. Un pedazo de metro con noventa y dos, ciento once kilos, ni un gramo de grasa corporal. Vagos y marihuanos, tú dime, ellos se acercaban al edificio y Flaze les cerraba el paso como un pitbull criado en una casa de crack. Y no, no creía que sus músculos fueran invencibles. Si los intrusos cargaban, él podía mostrarles su propia colección de armas, vaciárselas encima también, más rápido que Billy the Kid. Pues bien, tan pronto como Lude le habló de lo que podría estar pasando, el Pitbull y Billy se fueron por la ventana. Flaze no encontraba las llaves. Comenzó a tartamudear algo sobre llamar al dueño. Veinte minutos así y Lude, harto, se ofreció a manejar el asunto. Las llaves aparecieron de pronto y pasaron a la apretadísima mano de mi amigo casi mágicamente.

Flaze me contó después que, él nunca había visto un cadáver antes y que no tenía dudas sobre lo que encontrarían, eso simplemente no iba con él. “Sabíamos qué íbamos a buscar,” dijo. “Sabíamos que el tipo estaba muerto.”

La policía encontró a Zampanò justo como lo encontró Lude, boca abajo en el suelo. Los paramédicos dijeron que no había nada inusual. Así eran estas cosas, ochenta y tantos y la carrocería floja, el sistema da un tropiezo,las luces parpadean y listo, otro cuerpo en el suelo; rodeado de las cosas que nunca significarán tanto para nadie, como para él. Aún así, era mejor que la prostituta que los paramédicos hallaron un poco más temprano. La descuartizaron en un cuarto de hotel y usaron sus trozos para colorear los muros y el techo. Comparado, esto era casi celestial.

Todo el proceso fue largo. Policías yendo y viniendo, paramédicos revisando el cuerpo,como asegurándose de que en realidad estuviera muerto; los vecinos, Flaze, imaginando que aquél final sería muy similar al suyo, un día. Cuando todo terminó, era tarde. El cadáver, los oficiales, Flaze, los vecinos y toda clase de metiches se habían ido. Lude se quedó.

Solo.

 

 

“Ochenta putos años, solo, en esa porqueriza,” me dijo Lude después. “No quiero terminar así. Sin esposa, sin hijos, sin nadie. Ni siquiera un pinche amigo.” Debí reírme porque Lude remató hacia mi: “Cabrón, ¿crees que sentirte joven y jalártela todo lo que puedes te garantiza algo? Mírate. Trabajando en un negocio de tatuajes, enamorado de Tambor el conejito.” Una cosa era cierta: Zamapanò no tenía una familia, un amigo o un quinto a su nombre.

Al día siguiente el dueño publicó una nota de abandono. Una semana después, tras declarar que el contenido del departamento no valía más de $300, llamó a la caridad para que se llevara todo. Esa fue la noche que Lude hizo el descubrimiento, justo antes de que los tipos de buena voluntad vinieran con sus diablitos.

Cuando el teléfono sonó, yo estaba dormidísimo. Le hubiera colgado a cualquier otro, pero Lude me importaba lo suficiente como para arrastrarme de culo fuera de la cama, a las tres de la mañana, para ir a Franklin. Me esperaba en la puerta, tenía un brillo muy jodido en los ojos.

Debí darme la media vuelta en ese momento. Debí saber que algo había pasado. Y lo sabía de alguna forma, sentía algo aleteando en el aire, en la hora, en los ojos de Lude, en todo eso junto y, chingado, tuve que estar piradísimo para dejar pasar todas esas señales de largo. La forma en que las llaves de Lude temblaron como una sonaja de huesos, mientras abría la puerta principal; la sensación de que no entrabamos en un edificio con gente, sino en una antigua cripta. El angosto pasillo, sepultado en las sombras, interrumpido por lunares de luz que se filtraban entre el firme tejido de arañas anidadas en las lámparas, sobre nuestras cabezas. Pero sobre todo, la forma en que Lude me susurró cosas, cosas que me importaron un bledo en ese momento y que ahora, ahora, volverían mis noches mucho más cortas, si no las supiera.

¿Alguna vez te recordaste haciendo algo y quisiste detenerte a gritos mientras te observabas ir en línea recta, redirigir tus actos de alguna forma, reorganizar el presente? Me siento así ahora, mirándome a mí mismo, arrastrado estúpidamente por la inercia, mi curiosidad o lo que fuera, y había algo, algo más, exactamente qué, no tengo idea, quizá nada; nada de nada— que linda e inútil combinación de palabras, “nada de nada”, en vez de otra, que me parece igual. De todas formas no importa, lo que sea que organice el camino de mi pasado, fue tan fuerte esa noche como para llevarme de la mano ante todos los hombres dormidos, guardados en la seguridad de sus vidas, encerrados detrás de sus robustas puertas, hasta que me detuve al final, frente a la última de la izquierda; una puerta normal en absoluto y aún así, una puerta hacia la muerte.

Lude, por supuesto, no habrá notado todos los inquietantes rasgos de nuestro pequeño viaje hasta la parte de atrás. Realizaba un recuento para mí, de todos los senderos, de todo lo que pasó después de la muerte del viejo.

“Dos cosas, cabrón,” masculló Lude ante la puerta abierta. “No hacen nada muy distinto, pero…”. Hasta donde lo entiendo, esto es cierto. Estas cosas no tienen casi nada qué ver con lo que sigue, las incluyo sólo porque forman parte de la historia que rodea la muerte de Zampanò. Quizás tú encuentres un sentido en lo que ahora transcribo, pero no entiendo.

 

 

“La primer peculiaridad,” me dijo Lude, guiando el camino. “Son los gatos.” En los meses precedentes a la muerte del viejo, los gatos habían comenzado a desaparecer. Para el momento en que murió, no quedaba ninguno. “Vi a uno con la cabeza arrancada y a otro con las tripas desparramadas a lo largo de la acera. La mayoría, sin embargo, sólo se esfumó.”

“La segunda, mírala tú mismo”, dijo Lude. Bajó su voz aún más, mientras nos escurríamos en el impenetrable silencio, en el que sospeché un aquelarre de músicos, todos ellos escuchando atentamente sus audífonos, pasándose un porro de mano en mano.

“Justo junto al cuerpo,” continuó Lude. “encontré estas marcas en el suelo, unas seis pulgadas de largo. Muy raro. Pero como el viejo no tenía traumatismos, a los polis les valió madre.”

Se detuvo. Habíamos llegado a la puerta. Me estremecí. Quise imaginarme donde fuera. Soñé despierto con Tambor. Quizá te saque de onda, no me importa, pero una noche me puse duro viendo Bambi. Así de mal. En mi cabeza, Tambor golpeteaba el suelo por ahí, mientras una taibolera se trenzaba con Clara English. Las imaginé rasgándose las medias. Luego, todo se fue, cuando escuché a Lude darle vuelta a la chapa y abrir la puerta de Zamapanò, se fue para siempre.

El primer golpe fue el olor. No era malo, sólo fuerte. No provenía de alguna cosa en particular, tampoco. Venía por capas, una escalera de patinas aromáticas en progresión, hacía mucho que la fuente original se había evaporado. Me sobrecogió su magnitud empalagosa, amarga, podrida, podría decirse que, mezquina. Al día de hoy no soy capaz de recordar más el olor en sí como la reacción que me provocó. Si debo nombrarlo, el aroma de la historia de la humanidad – una composición de sudor, orina, mierda, sangre, carne y semen mezclado con gozo, tristeza, celo, furia, venganza, miedo, amor, esperanza y muchas cosas más- me resultaría adecuado. Suena ridículo, especialmente porque mis habilidades olfativas no son relevantes aquí. En fin, lo importante era que el olor era complejo por un motivo.

Las ventanas estaban bien selladas con masilla y clavos. La entrada frontal y las puertas al patio estaban reforzadas para una tormenta. Incluso las ventilas estaban cubiertas de cinta adhesiva. Dicho esto, el peculiar esfuerzo por eliminar toda ventilación en el departamentito no había culminado con jaulas sobre las ventanas o cerrojos sobre las puertas. Zampanò no temía al mundo exterior. Ya mencioné que caminaba por su jardín y al parecer era tan temerario como para desafiar los confines del transporte público de Los Angeles en una ida a la playa (un tipo de aventura que incluso a mí me pone nervioso). Mi mejor conjetura estriba en considerar que había sellado su departamento en un esfuerzo por retener el aroma de sus cosas y de sí mismo.

Por donde sus cosas permanecían se abría una procesión inmóvil: muebles estropeados, velas sin usar, zapatos usados (heridos y tristes), tazones de cerámica junto a jarrones de cristal y pequeñas cajas de madera llenas de remaches, ligas, conchas marinas, cerillos, cáscaras de cacahuate, un puño de botones de elaboradas formas y colores. Un viejo tarro de cerveza sin nada más dentro que envases vacíos de perfume. El refrigerador, por cierto, no estaba vacío, Zampanò lo había atascado de libros pálidos y extraños.

Claro que todo eso ya no está. Todo ha desparecido. El olor también. Me he quedado con algunas instantáneas mentales y dispersas: un zippo maltratado con la leyenda ‘patente pendiente’ impresa en su parte de abajo; el claro molde metálico, tan similar a una minúscula escalera de caracol, bajando en el vacío de un socket de luz y -por alguna extraña razón, lo que más recuerdo de todo- un lápiz labial humectante con la barra tan ámbar como resina, endurecida y llena de grietas. Sigo sin ser preciso, pero no hay confusión, no trato de ser preciso. Ahí había más cosas, claro, hay más cosas que recuerdo del lugar, pero, simplemente no me parecen relevantes ahora. Para mis ojos, no era más que basura; el tiempo no había desarrollado ninguna clase de economía alquímica; apenas importaba para el verdadero motivo por el que Lude me llamó a escombrar los peculiares y -para usar uno de esos enormes términos que aprendí en mis posteriores y demandantes meses- desarraigados detalles de la vida de Zampanò.

 

 

Y claro, justo como mi amigo lo había descrito, en el piso, prácticamente en el mismo centro, estaban las cuatro marcas, todas ellas más largas que una mano, levantadas de la madera por algo que ninguno de los dos quiso imaginar; sólo que eso no era lo que Lude me había traído a ver. Señalaba otra cosa que apenas pudo llamar mi atención cuando vi aquél dibujo implacable.

Para ser franco, aún luchaba por arrancar mi vista del suelo. Incluso me había acuclillado para tocar las prominentes astillas.

¿Qué sabía en aquél entonces?, ¿Qué es lo que sé ahora? Lo que está delante, apenas algo del horror que yo me llevé a las cuatro de la mañana, esperándote, un poco como esperó por mí aquella noche, apenas cubierto por estas páginas.

Había montones y montones. Interminables palabras gruñendo, a veces torciéndose hasta obtener significado o hasta obtener absolutamente nada, rompiéndose, ramificándose en otras piezas que encontraría después -viejas servilletas, las orillas arrugadas de un sobre, incluso el anverso de un sello de correo- hacia la nada y el todo, al vacío; cada fragmento cubierto con el devenir de enunciados en tinta; encimados, tachados, corregidos; manuscritos, mecanografiados; legibles, ilegibles; impenetrables, lúcidos; rotos, manchados, cubiertos con cinta; algunas partes limpias y crujientes, otras borroneadas, quemadas o dobladas y dobladas hasta que las arrugas devoraran dios sabe qué -¿sentido?, ¿verdad?, ¿mentiras? Un legado profético, lunático -¿o ninguna de las dos?- que lograba, diseñaba, describía, recreaba -encuentra tú la palabra; no me quedan más; o sí, ¿pero para qué?, todo esto para decir ¿Qué?

Lude no podía responder, pero de alguna forma sabía que yo lo haría. Quizá por eso la amistad. O quizá me equivoco. Quizá necesitaba la respuesta y sólo sabía que no sería él quien la encontraría. Quizá esa era la verdadera razón de la amistad. Pero quizá me equivoco también en eso.

Lo cierto era que, incluso sin tocarlo, ambos percibíamos su peso, algo proporcionalmente terrible, su silencio, su quietud; aún al haber sido lanzado, casi de forma descuidada, hasta aquél lugar de la habitación. Creo que si alguien nos hubiese dicho: ‘tengan cuidado’, lo habríamos tenido. Recuerdo un momento en el que estuve seguro de que aquella negrura contenida era capaz de cualquier cosa. Incluso de abrirse paso, desgarrar el suelo, matar a Zampanò, matarnos; quizá incluso, matarte. Luego el momento pasó. El delirio y la forma en que a veces es inspirado por lo inanimado, se desvaneció. Se volvió sólo una cosa.

Así que me lo llevé.

De vuelta al ahora -y bien, es un largo camino hasta ahí- puedes encontrarme bebiendo whisky en La Poubelle, aniquilando mi oído interno en el Bar Deluxe o cenando en Jones con alguna pelirroja de buena defensa que conocí en la Casa del Blues, llevando una conversación que atraviesa con salvajismo los clubs que ya conocemos bien y los clubs que queremos conocer mejor. Estoy seguro de que las palabras de Don Z no han venido a importunarla. Todas esas señales de las que apenas he terminado de hablarte desaparecieron rápidamente en la luz de los subsecuentes días o nunca estuvieron ahí para empezar, han estado sólo en retrospectiva.

 

 

Al principio fue sólo la curiosidad lo que me llevó de una frase a la siguiente. Pasaban algunos días para que comenzara con otro borrador mutilado, a veces hasta una semana, pero de que volvía, volvía, por diez minutos, puede que veinte, tonteando sobre escenas, nombres, pequeñas conexiones comenzando a formarse; patrones minúsculos evolucionando en esas menudas astillas de tiempo.

Nunca leí por más de una hora.

Claro que la curiosidad mató al gato, pero incluso si la satisfacción le resucitó, aún me queda el pequeño problema con el tipo en la radio, diciéndome más y más acerca de un montón de información inútil. Me valió. Simplemente apagué el radio.

Y entonces un día levanté la vista para mirar el reloj y descubrí que seis horas habían pasado, que Lude había llamado pero no había escuchado el teléfono sonando. Estaba más que un poco sorprendido cuando encontré su mensaje en la contestadora. Y esa no fue la última vez que perdí la noción del tiempo. Comenzó a suceder más seguido. Docenas de horas apenas parpadeando, perdido en los giros de oraciones peligrosas, a granel.

De forma lenta pero segura, cada vez me sentía más desorientado, más desconectado del mundo, un horrible y triste esfuerzo delineando las comisuras de mi boca, cubriendo mis ojos. Dejé de salir de noche. Dejé de salir. Nada podía distraerme. Me sentía perder el control. Algo terrible iba a ocurrir. Eventualmente, algo terrible ocurrió.

No respondía a nadie. Ni a Tambor, ni a Lude. Clausuré bien mis ventanas. Desarmé las puertas del baño y el closet, lo aseguré todo, con cerrojos, oh sí, compré muchísimos, cadenas también, docenas de cintas métricas que clavé directamente en el suelo y los muros. Se veían sospechosas, como cimientos de metal asomados o, desde un ángulo distinto, como las frágiles costillas de una nave extraterrestre. Sin embargo, a diferencia de Zampanò, el problema no era el olor, era el espacio. Quería un espacio cerrado, inviolable y sobre todo, inmutable.

Al menos las cintas métricas tendrían qué haber ayudado.

No lo hicieron.

Nada lo hizo.

 

 

Acabo de prepararme algo de té en la cocineta. Mi estómago se ha ido. Apenas puedo mantener dentro esta cosa azucarada y lechosa, pero necesito el calor. Estoy en un hotel ahora. Mi estudio es historia. En estos días, muchas cosas lo son.

Ni siquiera he enjuagado la sangre aún. No toda es mía. Sigue pegada en mis dedos. Se ha quedado en mi camisa también. Me sigo preguntando, “¿Qué pasó aquí?”. “¿Qué fue lo que hice?” ¿Qué es lo que tú hubieras hecho? Fui directo a las armas, las cargué y entonces intenté decidir qué hacer con ellas. Lo obvio era dispararlas. Después de todo, para eso están diseñadas, para disparar contra algo. ¿Pero a quién? ¿A qué? No tengo ni una sola pista. Había personas y carros del otro lado de la ventana del cuarto. Personas de medianoche que no conocía. Carros de medianoche que no había visto antes. Pude dispararles. Pude dispararles a todos.

Vomité en mi clóset, en vez de eso.

Por supuesto, sólo tengo a mi enorme e infinita estupidez a la qué culpar por refugiarme aquí. El viejo dejó muchas pistas y advertencias. Yo fui el tonto que hizo caso omiso. O al revés, ¿Las disfruté, en secreto? Tuve una oportunidad, vi un pinche indicio del problema al que me estaba metiendo cuando leí esta nota, escrita un día antes de que muriera:

 

 

Enero 5, 1997

Cualquiera que encuentre y publique este trabajo tendrá derecho a todas las ganancias. Sólo pido que mi nombre ocupe su justo lugar. Tal vez incluso prosperarás. Si, de lo contrario, descubres que los lectores son menos que empáticos y eligen aborrecer esta empresa, entonces te sugiero que bebas mucho vino y bailes entre los laureles de tu noche de bodas, pues lo sepas o no, sólo así serás realmente próspero. Se dice que la verdad soporta la prueba del tiempo. No imagino mayor comodidad que saber que este documento no soporte dicha prueba.

Lo que en ese entonces no significó nada para mí. Estoy seguro de que nunca me detuve a pensar que un montón de palabras pinchurrientas iban a hacer tierra justo en un cuartito de hotel pedorro saturado con la peste de mi propio vómito.

Después de todo, como lo descubrí luego, todo el proyecto de Zampanò versa sobre un film que ni siquiera existe. Puedes buscar, yo lo hice, pero sin importar cuánto lo hagas nunca encontrarás La Bitácora Navidson en cines o a la renta. Aún más, la mayoría de lo dicho por gente famosa es inventado. Los que se tomaron la molestia de responderme, dijeron que nunca habían escuchado de Will Navidson y mucho menos de Zampanò.

Respecto a los libros citados a pie de página, una buena porción son ficticios. Por ejemplo, no existe Shoots In The Dark de Gavin Young ni The works of Hubert Howe Bancroft, Volume XXVIII. Por otro lado, virtualmente cualquier imbécil puede ir a la librería y encontrar Ancient Lore in Medieval Latin Glossaries y bien; realmente hubo una “rebelión” en la misión Skylab de 1973 pero La belle Nicoise et Le Beau Chien son tan inventados, como, supongo, la sangrienta historia de Quesada y Molino.

Añade a eso mis propios errores (y sin duda soy responsable de varios) y los errores que Zampanò tiene y fallé en detectar o corregir y entenderás porqué hay varios asuntos que no deben tomarse muy seriamente.

En retrospectiva, me doy cuenta de que un gran número de personas hubieran estado más calificadas para manejar este trabajo, académicos con doctorados y mentes mucho más grandes que la biblioteca de Alejandría o la Internet. El problema es que esas personas siguen en sus universidades, siguen en la internet y nunca están en ninguna parte cuando un viejo sin amigos o familia finalmente ha muerto.

 

 

Zampanò, he llegado a reconocerlo, era un hombre muy gracioso. Sólo que su tipo de broma era tan irónica y seca como el suspiro de un veterano de guerra, todos sus chistes subyacen, la risa que provocan provocan un poquito más que un tic en la orilla de la boca; son contados para irse juntando y esperar en su sitio, para entender lentamente que la ayuda no llegará a tiempo y la noche caerá sobre ellos, sin importar qué hayan hecho o dicho, la masacre los alcanzará a todos. Carroña para los buitres.

Verás, la gran ironía es que no hay gran diferencia en que el documental en el corazón de este libro sea ficticio. El conocimiento de Zampanò acerca de lo que es real y lo que no realmente no importa aquí. Las consecuencias son las mismas.

De pronto puedo imaginar esa voz amarga que nunca escuché. Los labios apenas esbozando una sonrisa. Los ojos dirigidos a la oscuridad:

“¿Ironía? La ironía nunca puede ser más que nuestra Línea Maginot personal; su dibujo es, mayormente, arbitrario.”

No es sorprendente así, que en el caso de socavar su propio trabajo, el viejo haya resultado elocuentemente capacitado. Citas falsas o fuentes inventadas, todas ellas palidecen en comparación a su chiste más grande.

Zampanò escribe constantemente acerca de ver. Lo que vemos, cómo lo vemos y que en cambio no podemos ver. Una y otra vez, en una forma u otra, reaborda cuestiones de luz, espacio,forma, línea, color, enfoque,tono, contraste, movimiento, ritmo, perspectiva y composición. Que tampoco resulta fuera de tono, considerando que su obra se concentra en un documental llamado La bitácora Navidson realizada por fotógrafo ganador del Púlitzer que debe de alguna forma, capturar el tópico más complejo de todos: la visión de la oscuridad misma.

Extraño, por decir lo menos.

Al principio imaginé que Zampanò sólo era un tipo viejo y sombrío, del tipo que hace que Tom y Daly se vean como Calvin y Hobbes. Su departamento, sin embargo, no se acercaba en nada a la visión de Joel-Peter Witkin o a lo que es rutinariamente revelado en cualquier noticiero. Seguro que el lugar era ecléctico para difícilmente grotesco, ni siquiera alejado de lo ordinario; hasta que, por supuesto, mirabas con más cuidado y notabas—Hey, ¿por qué estas velas están sin usar? ¿Por qué no hay relojes en ninguna parte, ni en las paredes, ni en la esquina de un buró? ¿Y qué con estos libros raros y pálidos o con el hecho de que no existe un solo foco en todo el departamento, ni siquiera adentro del refrigerador? Bueno, ese por supuesto, fue el guiño más irónico de todos, Amar el amor para los despechados, amado por la vida siendo un muerto: todo este lenguaje sobre la luz, el cine y la fotografía, y no había visto una sola cosa más desde mediados los cincuenta.

 

 

Tan ciego como un muerciélago.

La mitad de sus libros estaban en Braille. Lude y Flaze confirmaron que a lo largo del tiempo recibió la ayuda de varios lectores. Muchos de ellos vinieron de centros de ayuda comunitaria, el Instituto Braille o eran simplemente voluntarios de la USC, la UCLA o el Colegio de Santa Monica. Ninguno de ellos aseguró conocerle bien, a pesar de que más de uno estuvo dispuesto a compartirme sus impresiones.

Una de esas estudiantes creía que estaba indudablemente loco. Una actriz que pasó todo un verano leyéndole le encontraba romántico. Una mañana lo encontró en un “estado terrible.”

“Primero supuse que estaba borracho, pero el viejito nunca bebía, ni un sorbo de vino. Tampoco fumaba. De veras vivía de una forma muy austera. Como fuera, no estaba borracho, sino muy deprimido. Comenzó a llorar y me pidió que me fuera. Le preparé un poquito de té. Las lágrimas no me asustaron. Era una mujer. ‘Sólo viejos recuerdos’ , dijo. Ella debió ser muy especial. Nunca me dijo su nombre.”

Como eventualmente descubrí, Zampanò cuenta con siete nombres que ocasionalmente menciona: Béatrice, Gabrielle, Anne-Marie, Dominique, Eliane, Isabelle y Claudine. Aparentemente sólo las mencionaba cuando se sentía desolado y por algún motivo, arrastrado hacia alguna oscura arista de tiempo. Al menos hay algo más de realismo en siete nombres de amantes que en una mitológica Helena. Incluso con ochenta, Zampanò extrañaba la compañía del sexo opuesto.

No es, por supuesto, una coincidencia que se las hubiera arreglado para que todos sus lectores voluntarios fueran mujeres. Como abiertamente admitía: “No hay un mayor alivio en mi vida que ese tranquilizante tono que se desprende de la voz de una mujer”.

Excepto quizá su propia voz.

Zampanò era, esencialmente —para emplear otro de esos grandes términos— un grafómano. Garabateó hasta la muerte y cuando finalmente estuvo cerca, nunca terminó nada, especialmente el trabajo que impúdicamente describía como su obra maestra o su querido amorcito. Incluso el día en el que no apareció en el baldío, se encontraba dictando largos pasajes discursivos, enmendando paginas previamente escritas y reestructurando un capítulo completo. Su mente nunca cesó de ramificarse hacia nuevos territorios. La mujer que lo vio por última vez, hizo hincapié en que “lo que fuera que nunca logró abordar fue lo que le impidió llegar a una solución. La muerte le alcanzó así.”

 

 

Con algo de suerte, rechazarás este trabajo, reaccionarás como Zampanò esperaba que lo hicieras, te resultará gratuitamente complicado, inútilmente obtuso, prolijo —o cómo le digas—, genuinamente ridículo y creerás todo lo que has dicho, lo harás a un lado —y esta expresión, “a un lado”, me estremece, pues, ¿qué es realmente hacer a un lado?— y continuarás, comerás, beberás, serás feliz y sobre todo; dormirás bien.

Y, de nuevo, existe una buen probabilidad de que no lo hagas. Estoy seguro de algo: no ocurre de inmediato. Terminarás y eso será todo, hasta que ese momento llegue, quizás en un mes, quizás en un año, quizás después de mucho tiempo. Podrás estar enfermo, o sintiéndote abrumado, o profundamente enamorado, en silencio, incluso satisfecho por primera vez en tu vida. No importará. Detrás del azul, más allá de cualquier causa a la que puedas remontarte, notarás que las cosas no son del todo como solías percibirlas. Por algún motivo, dejarás de ser la persona que creías ser. Detectarás lentos y sutiles cambios deslizándose a tu alrededor y mucho más importante; en ti. Peor aún, te darás cuenta de que estos desplazamientos siempre han existido, como un tipo de brillo, un vasto destello, ligeramente oscuro, una especie de habitación. No entenderás cómo o por qué. Habrás olvidado qué era lo que en primer lugar te permitía este tipo de consciencia.

Los viejos refugios —televisión, revistas, películas— no te protegerán más. Quizás intentes garabatear en un diario, en una servilleta, quizá incluso al margen de este libro. Notarás entonces que los muros en los que siempre confiaste no te tranquilizan más. Incluso los corredores por los que has caminado cientos de veces se sentirán largos, mucho más largos, y las sombras, cualquier sombra, de pronto parecerá más profunda, mucho más profunda.

Puede que intentes, como yo lo hice, buscar un cielo lleno de estrellas, que pueda cegarte de nuevo. Ningún cielo será suficiente. A pesar de toda esa incandescente magia allá arriba, tus ojos no podrán permanecer en la luz, no encontrarán constelaciones de nuevo. Sólo te preocupará la oscuridad. La vigilarás por horas, por días, quizá incluso años, tratando de creer en vano que eres una especie de indispensable centinela designado por el universo; como si tan sólo mirándola pudieses mantenerla a raya. Se pondrá tan mal que tendrás miedo de mirar hacia otra parte, tendrás miedo de dormir.

Entonces, no importará dónde estes, en un restaurante atestado o en alguna calle desolada o incluso en la comodidad de tu propia casa; te encontrarás desmantelando cada garantía con la que habías vivido hasta ahora. Te quedarás inmóvil mientras una enorme complejidad va entrometiéndose, desgarrando, pieza por pieza, todas tus negaciones cuidadosamente concebidas; las deliberadas y las inconscientes. Entonces para bien o para mal, te convertirás, incapaz de resistir, aunque sigas intentando resistir, luchando con todo lo que tienes para no confrontar la cosa a la que más temes, que es ahora, que será, que siempre ha estado; la criatura que realmente eres, la criatura que todos somos, enterrada bajo el innombrable negro de un nombre.

Y entonces las pesadillas iniciarán.

— Jhonny Truant

Octubre 31, 1998

Hollywood,California

Anuncios

8 comentarios en “House of Leaves ~ Prólogo

  1. Hola!!!

    Muy buena la traducción, ¿continuará con el resto del libro?

    Podríamos organizar un pequeño grupo y traducir 1 título cada uno y luego unirlos para tener una traducción completa, he buscado por la red y este es el único lugar donde se encuentra un intento de traducción. Mi correo es pavel.nedved@hotmail.es por si te interesa la idea. Gracias por el esfuerzo.

    Saludos.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s