1.

Los números rojos marcaban las doce con cuarto, la mujer permanecía dormida mientras la televisión daba el milagro del milenio a través de un informercial, esta vez se trataba de un aparato que por medio de vibraciones metasónicas destruía las malignas células de cebo, presentes por lo general en los vientres de los fanáticos del rayo catódico. La cama contra la pared y una almohada apoyada sobre la esquina. Las piernas extendidas y un poco entre abiertas en V. Sostenía el control remoto en una mano y una almohada a manera de mesilla sobre su vientre. Sus ojos cerrados. Su cabello le cubría la cara como las piezas deshilachadas de una colcha de lana. Sus sueños largos y extensos sobre las cornisas del palacio de Morfeo.
Soñaba con aquella casa, objeto de su deseo desde que era pequeña. Una más grande que Panamá, con largos salones para fiestas y bailes, balcones y terrazas, pasillos y cristal cortado sobre las innumerables repisas de fina madera. Soñaba con su hermana, casada tres años antes que ella y mayor, aunque jamás lo pareció, si no fuese por la prominente barriga llena de vida anunciada por debajo del vestido de bodas. El matrimonio se realizó en una finca lejana, propiedad del tío Jerónimo. El tío Jerónimo se mostró taciturno, tal era su carácter, en la fiesta de recepción, pero su tranquilidad terminó por quitarle de encima las inquietas miradas de su sobrina recién casada. La fiesta anduvo sin contratiempos, a tientas primero, para evitar caer en trampas, confiada después, del amor familiar que pareció envolverla hasta las once de la noche.
La carretera de regreso era larga y el acuerdo fue avanzar en caravana a través de la ausencia de luz y las largas vueltas que se asomaban a despeñaderos infernales, inundados de silencio. El novio manejó el carro nuevo, regalo de bodas de la tía Melina, con su mujer a un lado y una tonelada de orgullo y control sobre sus manos. Noche fatídica; la casa del tío Jerónimo era más grande que Panamá, era la casa de sus sueños, ahí siempre albergaría la boda ensangrentada de su hermana muerta.
Una falla en los frenos. La caravana miró el carro que, sin esperanzas, se desbarrancaba con precisa velocidad en la curva con forma de M. El carro se estrelló de narices en el fondo del acantilado. Karina, que soñaba esto todas las noches, corrió a auxiliar a su hermana, pero la altura de aquel vacío era imposible. Con lágrimas en los ojos, la niña se desbarató de aliento y sintiendo la rocosa tesitura del borde, gritó ahogada el impronunciable nombre de su hermana. Era tarde siempre. Pero al abrir sus ojos y mirar de nuevo al carro en llamas, éstas iluminaban una silueta deforme, vestida de velo y encajes blancos, abierta la panza por la mitad, que escalaba en silencio y con el rostro desplazado por un frío fragmento de carburador.
Abría así los ojos en la habitación de su casa rentada. Y recordaba de inmediato las palabras que su hermana le dijera en la fiesta de recepción, cuando Karina confesara que aquella casa, más grande que Panamá, era la casa de sus sueños, la casa con la que siempre soñaría sin importar qué. Su hermana respondió con paciencia, acariciándole los gruesos cabellos de lana y mirándola con infinita ternura: Hermana, decía, no sueñes con espacios ilimitados, que no puedas mantener en orden y vigilar con serena calma, quién sabe qué pueda esconderse en los rescoldos que nunca visites de Panamá.
El llanto cotidiano del bebé de Karina interrumpió los sueños de su madre, anunciando su vigilia. Karina, a medio dormir, hizo a un lado la cobija y la almohada y cruzó su pequeña casa para recoger de la cuna al aterrado infante y llevarlo a la cama materna, donde se tranquilizaría y volvería a sus sueños sabor vainilla. Cuándo lo posaba en su lecho, cuidó de envolverlo en la cobija con la que ella había estado cubierta. Le acomodó entre dos cojines y se hundió en la cama a la busca de la postura mágica con la que todos abandonamos nuestro mundo cada noche.
Se acomodó de lado y sus ojos quedaron de frente ante la encortinada ventana que daba hacia el pequeño patio de lavado. No gozaba de gran paisaje y por ello la cortina permanecía cerrada. Karina percibió algo leve; apenas unos pequeños rechinidos que traía el exterior de la puerta del patio. Rasguños.

 
 

2.

Si bien el sueño la vencía, la inquietud por el ruido mezclada con el laxo sopor de su cansancio entrometían ya irracionales imágenes en su cabeza. Era de pronto gatuno compañero confundido de puerta. Era de pronto travieso duende hereje con pequeño sombrerete y obsidianales garrillas. Era rojo diablo, verdugo implacable susurrando nombres. Era de pronto su esposo, soltado de las garras impías de las gigantes aves nocturnas que pueblan el crepúsculo, arañando por su último respiro la puerta de su propio hogar. Eran mujeres desnudas y menstruales, siseando a Satán, flotando sobre el suelo, atraídas por la sangre del bebé no bautizado.
Los rasguños, que primero se anunciaran con timidez avergonzada, encarnizaron su carácter, inconfundibles al canto de los árboles ¿Quién será, Karina, el que viene a arrebatarte la tranquilidad de tu noche estival? ¿Quién se atreve a poner en duda tu imperio sobre Panamá? ¿Quién sino tu hermana? ¡Ah!, hay recuerdos que no merecen serlo, que se destierran al océano del éter y se quedan afuera vagando; de ellos sólo pueden declarar las estrellas y sus azules halos helados.
El bebé gimoteó y Karina temió que los rasguños subieran hasta el cristal de la cocina. Si llegasen ahí, las garras afiladas seccionarían despacio la piel transparente. Y la ventana chillaría. Digamos la verdad, Karina. A tu hermana le debes más que la tristeza que te causó verla muerta y con la panza desparramada en el fondo del barranco. Digamos la verdad Karina, confesemos la envidia que siempre sentiste por tu hermana. Con su flamante esposo y las entrañas llenas de vida y sueños. Sí, nunca soportaste la facilidad con la que su vida se solventó. Pero lo que te inmolara por dentro, fue aquella conversación absurda, aquella advertencia de los peligros de Panamá. Si alguien merecía aquella casa en vida era ella. ¡Cómo se atrevía a rechazarla! Tú Karina, que siempre diste cuenta de tu destino funesto, sabías que Panamá no estaría en tus manos nunca. La sencillez con la que tu hermana rechazara el lujo por el que lloras; fue eso, deseaste verla muerta.
A ti, que siempre se te negó hasta el más mísero capricho por pequeño que fuese, se te permitió un único deseo en toda tu vida, un solo momento en el que todas las fuerzas del universo escucharían atentas ¿Y qué deseaste? ¿Qué deseaste en aquel momento? Tu petición se cumplió.
Resuelta a enfrentar tu castigo, hirviendo todavía, porque el tiempo no calma nada, te pusiste en pie. Si tu hermana quería ajustar cuentas, las ajustarías. No le bastó opacarte por tanto tiempo, también venía a robarte la tranquilidad del sueño mientras ella descansaba en su cama de húmedo satín. Le ajustarías las cuentas y si existía un gramo de justicia en las manos de tu señor, por fin tu barbitúrico odio tendría escape.
Llegaste a la cocina y tomaste con tus manos delgadas el cuchillo más afilado de tu arsenal. Descalza, en camisón y con tu melena quebradiza, avanzaste a los rasguños del otro lado de la puerta, preguntándote de qué servía un cuchillo de hoja brillante contra el tacto de un espectro. En la ventana miraste una silueta, cuyo cabello ensortijado bailaba, bailaba. Tocaba el cristal con su mano de telaraña.
Karina apretó el mango del arma entre el sudor helado que le nacía de las palmas. Abrió la puerta al patio y lanzó una sola tajada hacia el cuello de su hermana.

 
 

3.

Abrió sus ojos y descubrió un escenario vacío bañado de luz macilenta. En el umbral de su propia casa, advirtió al cachorro que le lamía los pies, titiritando de frío y llorando inconsolable. Su esposo trajo a la mascota tres días atrás. No había podido recordarlo hasta ahora; le pasaba de pronto que medio dormida era incapaz de decidir qué cosas pertenecían a sus sueños y cuáles a la realidad. Se acuclilló frente al animal y dejando el cuchillo en el suelo envolvió el pelaje tembleque entre sus amorosas manos. Los muertos, muertos estaban y Panamá seguía cantando la gloria que a ella le fascinaba.
Buscó un rincón tibio para el animal en uno de los sillones de la sala, lo cubrió con un viejo tapete mugroso y lo acompañó pasándole la mano por el hocico mojado. Recuperaba la calma y el mundo volvía a ser normal, sin huéspedes, ni cantos, sin sueños ni cuchillos.
Saltó de nuevo, pero el raciocinio lo poblaba todo, era el teléfono que sonaba. Su esposo llamaba desde el trabajo, como todas las noches, a la hora acordada. Suspiró aliviada y abandonó a la bestiecilla dormitante. Se recostó junto al bebé. Levantó la bocina y dijo hola.
En la casa todo iba bien. El niño dormía a su lado y ella había tenido que levantarse a acurrucar en un sillón al cachorro, la noche fría lo ameritaba. Del otro lado de la línea su esposo calló por un momento, ella preguntó qué pasaba. ¿Estás un poco dormida, verdad? Inquirió en divertido tono. No, dijo Karina, desperté hace un rato, ¿por qué preguntas? Karina, respondió el esposo en medio de una risa afable, nosotros no tenemos hijos.
Y Karina miró el bultito que se le acercaba en busca de calor. Envuelto en tela blanca de nupciales encajes.

 
 

§

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Un comentario en “Más Grande que Panamá

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